"PUNK IS DEAD: POSERS KILLED IT"
(Why to stay Y)
Suena la música universitaria, esa de acordes de guitarra y palabras moduladas con desgano que ponen en todas las películas. Ella es joven, inocente, ingresa al marmóreo edificio resuelta a abandonarlo triunfal cinco años más tarde, título en mano, convertida en una flamante profesional. Las bandas de moda (no precisamente la que interpreta la canción de fondo) suenan a toda hora en la tele y en las radios, saturan el dial, copan MTV. Ella no ha aprendido aún a llamar el ascensor apretando uno sólo de los dos botones, "voy para arriba" o "voy para abajo". El ansia de ocupar un minúsculo pero vital espacio dentro de la cabina resulta más fuerte que la lógica y la logística de ascenso/descenso. Y una vez dentro del ascensor, el sello indeleble que confirma la actualidad de cualquier banda: alguien ha dibujado con prolija caligrafía una "m!" con marcador indeleble. Si bien desaprueba lo que considera destrucción de propiedad, ella es una más de las incipientes seguidoras de "Miranda!". Celebra el mensaje cifrado para fans que dejara aquel anónimo camarada.
Ella ya no es joven. O tal vez lo sea para algunos. Ya no es capaz de juzgarse a sí misma inocente, si bien no puede adjudicarse culpas de nada. Ella soy yo. Ella todavía escucha "Miranda!". Fui a verlos al Gran Rex la última vez que tocaron, tengo en mi poder la remera que lo prueba. Claro que ya no somos algunos pocos, gente como uno, darkies, pseudopunkitos y alternatontos. Ahora somos miles de gentes como uno, de pseudopunkitos, darkies y alternatontos, y podemos contar en nuestras filas a algún que otro emo, y cada tanto desembolsamos una interesante cantidad de guitas (un momento, antes no costaban eso...) para hacernos de una entrada para los shows. Los menos obse hemos desistido de pagar casi el triple de lo que nos costó el primer disco por cualquiera de los subsiguientes, y procuramos procurarnos (intended) sus canciones de formas menos ortodoxas. Muchos de los primeros seguidores ya no somos jóvenes, o somos menos jóvenes que antes. Y no cesamos de maravillarnos ante la masiva concurriencia de newbies a los shows, niños que todavía cursaban la primaria cuando algunos ya compraban "Es Mentira" en La Trastienda.
Los tan mentados cinco años casi han transcurrido. Ella, sin embargo, se encuentra tan lejos del título y del flamante rótulo profesional como pudiera estarlo. Ciertos azares de la existencia prologaron de formas poco agradables su estancia en aquel edificio. Pero a su vez éste ya no le resulta extraño, se desliza por entre sus pasillos con gracia felina, con total familiaridad, fantasea acerca de sus recovecos y las posibilidades de esparcimiento que éstos ofrecen, y se procura lugares donde refugiarse para comer o leer como los vagabundos en las plazas que frecuentan. Todo ello trajo aparejado una seguridad y una confianza que no hubiera emanado cuatro años atrás. Los ingresantes a la carrera pululan aquí y allá, y no puede menos que sentir cierta velada satisfacción cada vez que se acercan a preguntarle por un aula, una cátedra, un teórico. La nueva camada ha de ser recibida por la vieja guardia con la mayor calidez y con total camaradería.
Sonríe al verlos cada vez menos perdidos, orientándose en el sobrio edificio, haciendo cola para el ascensor, apretando (como ella hiciera) ambos botones sin criterio alguno. Ella ya ha aprendido a viajar en ascensor, a apretar "voy para arriba" sólo una vez que el atestado habitáculo ya se ha puesto en marcha. De otra manera, la puerta se abriría una y otra vez indefinidamente, y los hacinados pasajeros expresarían su fastidio y descontento.^
Finalmente la caja vacía se detiene en planta baja. Todos los que aguardaban, más bien los primeros ocho de la fila, suben al ascensor. Ella recuerda todavía aquella "m!" indeleble. Cree reconocer ahora un símbolo dibujado que asoma entre las cabezas de los pasajeros. Acaso la "m!" de sus comienzos estudiantiles. Las cabezas se apartan y el símbolo impreso se hace visible. Pero, ¿de qué se trata todo aquello? ¿Qué mente febril diseñó aquel engendro que combina en un mismo ideograma la imagen clásica de un corazón con la estrella de David? Repara entonces en un minúsculo detalle, en algo que había olvidado durante todo estos años: repara en el paso del tiempo. Pocos son los teenagers que se pasean con sus mochilas estrella de "Miranda!", que portan la clásica "m!". Ésta ha sido reemplazada por aquel sello infernal. Ya no se siente imbatible; ahora se siente vieja, anacrónica, desplazada, hundida bajo el peso de una horda feroz de cobayos de entre quince y dicienueve años de edad. Como el sello de las puertas del infierno, el incisivo y cruel heartagram ha evocado las causas perdidas del pasado, y ha conseguido ahogarla en las cenizas de sus viejos sueños de gloria.
Internet, mis alumnos particulares de secundaria y mi propia hermana (en cierta forma un nexo entre aquel mundo y el mío, dados sus contactos y su edad intermedia) consiguieron arrojar luz sobre aquellas cuestiones. No supe sino hasta mucho después que aquello se llamaba heartagram. Símbolo del love metal, es la expresión de los darkies de hoy, los jóvenes emo. No puedo evitar preguntarme qué sentirán los primigenios (los verdaderos) góticos al ver a su casta devenida en darks devenidos en darkies devenidos en emos. Los emos (aparentemente de "Emotional") escuchan Evanescense, escuchan H.I.M. (una banda cuyo símbolo es una hoja de afeitar...) y "tienen issues", término que usara mi hermana allá por el 2006 en un intento por explicarme de qué se trataba todo aquello. Y son parte importante de la nueva generación teen que por estos días cursa los últimos años de secundaria o los primeros de facultad. Dibujan sus caritas (en forma de heartagram) en bancos, baños y ascensores. Copan los recitales con la estridente presencia de cualquier adolescente. Y, de cuando en cuando, son encomendados por sus padres en nuestras manos, a la espera de que los encaminemos en alguna que otra asignatura por un módico precio la hora.
Mis alumnos particulares son alumnos secundarios. Yo no. Hace tiempo ya que dejé de serlo. No extraño tanto de aquella vida como habría podido suponer en un principio. Las ventajas de ser un "no-teen" se imponen sobre las de cualquier borreguillo, y les agradezco a todos y cada uno por recordármelo día a día. Disfruto demasiado el haberme convertido en lo que soy; un ejemplo viviente de la (por estos días) imperante Generación Y.
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